
¿En qué nos parecemos Magdalena Álvarez y yo? En que si esta semana no hubiera existido ninguno de los dos la habríamos echado de menos.
Una ciudad vacía donde los que acostumbran a usar del servicio del taxi han emigrado y los que no han podido emigrar ha sido porque no tienen un durito y no usan de taxis, por tanto. Y si lo usan es porque lo conducen, de modo y manera que el trabajo se basaba esencialmente en ir encontrando paracaidistas perdidos en un mar de tiburones.
La semana comenzó con pocas perspectivas y eso que por primera vez he repetido un cliente, clienta en este caso. Dos días he iniciado el día con una mujer que llega tarde al trabajo y que requiere de la prestación de este servicio sin igual llamado taxi.
En el fondo la semana no ha sido del todo perdida. El lunes batí mi primer récord de recaudación negativa, hasta que llegó el martes en el que fuimos capaces de demostrar aquella máxima de que los records se hicieron para batirlos. El miércoles llegó y según llegó se fue y con la excepción de una joven zamorana que cuenta con una tienda de segunda mano en el Paseo de Extremadura en la acera de los pares, abajo, muy cerca de Puerta del Ángel, hicimos un breve recorrido por Alcorcón y volvimos a Antón Martín. Pasaros y la véis, tiene de todo. El resto del día fue, básicamente, quedar apostado en la parada del zoo y esperar a que alguien levantara la recaudación que no tuvimos los santos bemoles de hacer en la mañana. Luego de varios ratos de espera en la casa de campo, bajo los pinos que no coño te digo que son cedros, que no que son pinos, que no que son abetos (transcribo literalmente conversación de taxistas en parada de zoológico tras hora y cuarto de espera y luego de haber agotado las críticas a los dirigentes, políticos, alcalde y compañeros) coronado ese árbol (porque nadie discutía que efectivamente era un árbol) por dos cigüeñas. La carne de cigüeñas no es comestible ya que su carne es muy dura al ser un ave de mucho peso, de todo aprende uno.
El Atleti palmó. Tres carreras salieron del Calderón un matrimonio con un niño con destino al canódromo, un matrimonio argentino que vinieron a ver al Kun Agüero y que se volvieron con ganas de fútbol y un matrimonio catalán cuya historia de amor por el puñetero Atleti les había llevado ese día a sufrir desde al paseo de los Melancólicos.
Luego tuve la suerte de llevar en mi coche a un agradable hombre de un país centroamericano, que resultó ser el alcalde de la capital. Intercambiamos nuestros teléfonos y reconozco que me gustaría verlo pronto presidiendo su país. (No doy más datos por motivos obvios).
El lunes el martes y el miércoles fueron en definitiva días que bien pudieran haber desaparecido del calendario laboral de los taxistas.
La desesperación se iba haciendo cada día más latente y más patente hasta que llegó el jueves, uno de esos días en los que el mundo se esforzó en dar un paso al frente y regalarme un jueves agridulce. Dulce por lo bien que trabajé y agrio porque luego de un servicio con salida T2 y final en Móstoles (mi mejor carrera hasta el momento) mi clienta, una mujer de color que no hablaba español, y que aprovechó el trayecto para dormir, protestó porque me decía que ese no era el camino. Intentó regatear y ante mi negativa a la rebaja de lo que el taxímetro marcaba, me dijo que esperara que iba a llamar a su novio y que ahora bajaba él a solucionarlo. Haciendo gala de la épica nobleza castellana que preside todos mis actos, decidí esperar al susodicho que pronto imaginé de dimensiones ciclópeas, parco en palabras y a buen seguro, desentendido del pensamiento aristotélico. Bingo.
Mientras la joven permanecía en el coche yo salí a la calle a llamar al 112, cuando en ese momento pasaba un compañero que estaba librando y le comenté brevemente la historia, pidiéndole que aguardara la llegada del morenito Y así lo hizo: detuvo su coche delante del mío, permaneciendo dentro de él y con las luces de emergencia encendidas.
La aparición del muchachote fue breve e intensa, como los cuentos. Hola, siéntate en el asiento (él desobedece esta orden). Abre la puerta trasera y lee lo que pone al lado del dibujo del avión y págame el suplemnto de salida de aeropuerto y si no lo quieres hacer no te preocupes que la policía está en camino. Así lo hizo leyó y aceptó. Su rostro cambió la expresión violenta por la de coleguita del barrio de toda la vida, con gran prisa disculpó a su novia, la sacó del coche me pagó la carrera me dejó el pico de propina y salió como alma que lleva el diablo. Llamé al 112 para “cancelar el envío” y di las gracias al compañero que permaneció junto a mi durante este tiempo. De regreso a Madrid aproveché para pasarme por la parada del zoo a ver qué es lo que había y los dioses ese día me eran propicios. Solo en la parada y tras 15 minutos me voy cargado hacia el barrio de Salamanca. 15 euritos pa´l bote.
Vuelvo al aeropuerto. T2. Espera y servicio hacia el centro. Tres brasileños, entre ellos una ministra, pero no sé cual ni de qué era, trato de volver al aeropuerto pero cargo en Bravo Murillo hacia el barrio del Pilar con tres paraguayos que me dicen que el presidente de su país es un cura y que preside el MERCOSUR. Es curioso, aunque no me he molestado en contrastar esa información. Finalizo. Voy hacia la avenida de la Ilustración cuando nuevamente me levantan la mano y me solicitan que vaya a Entrevías, accedo de mala gana puesto que el cliente en cuestión iba bebido. Con todo y con eso era capaz de mantener una conversación más o menos centrada. Llegando estábamos al destino cuando llamó para pedirle dinero a su mujer, de la que habló todo el camino como la mejor del mundo, de la que estaba totalmente enamorado y un largísimo etcétera. La conversación telefónica terminó con un lacónico y certero “Hija de puta” Fue en ese momento cuando se confirmaron mis temores y en el que vi por el retrovisor interior la cara de un tonto y detrás estaba mi cliente.
Que no me presta dinero –dijo con su acento de ecuatoriano de la sierra. Y yo no tengo ni un séntimo.
La madre que me parió- Pensé. ¿Y qué hacemos?
- Dígamelo usted, yo lo siento mucho y le pido a usted disculpas.
En ese moemento tomo mi teléfono y llamo aún estando dentro del coche en compañía del pasajero recabo el consejo de un hombre sabio. Cuelgo.
Le digo que vuelva a llamar a su mujer y me dice que está en el Retiro y le digo que vaya a su casa y que coja dinero. Me dice que no tiene.
- A mi no me gusta trabajar gratis ¿A usted le gusta trabajar gratis?
- No señor.
- Entonces ¿por qué me hace usted trabajar gratis a mi?
- Lo siento señor, de veras.
En el fondo me estaba conmoviendo.
Bien, pues cómo podemos arreglar esto. Tenemos dos opciones o yo le llevo a usted ahora a un comisaría o usted me da algo por valor de 20 euros.
El móvil.
Ok, el móvil. Le dejo a usted mi número de teléfono, llámeme usted me paga y yo le devuelvo su móvil.
De veras?
Tiene mi palabra de honor que si usted me paga mi carrera yo le devuelvo su teléfono.
Tenga mi teléfono y disculpe. Adiós.
Bueno, ahora tengo un teléfono en mi poder, hemos hablado y sí quiere recuperarlo y por su puesto, yo se lo voy a devolver sin más costo que los 20 euros de la carrera. Si es que soy un trozo de pan…
Y finalmente llegó el día de ayer que se cerró con un servicio en el que llevé a la primera famosa que identifico en mi taxi, la actriz que hace de jefa en Camara Café, la alta que encarna a Victoria en la serie, una mujer muy guapa y muy agradable. Todo lo contrario que su personaje…
Anecdótico fue mi pimer servicio de aeropuerto en el que tomaron tres taxis un grupo de adolescentes de Michigan que venían a Europa en un viaje organizado por no sé muy bien quién. Acompañadas por adultas tomaron tres taxis con destino al centro en el aeropuerto. Tres jovencitas de unos 17 años acompañadas por una señora de unos cincuenta que a la sazón ejercía de cuidadora-sargento-instructora custodio-institutriz me tocaron en suerte. Con mi inglés playero comencé a ir desgranando las bondades de mi ciudad y explicándoles la Puerta de Alcalá, La Cibeles, El Banco de España, El edificio de Correos… El cementerio de la Almudena causa sensación cuando se entra por la prolongación de O´donell, por si no lo sabíais. El caso es que antes de llegar a Cibeles me comenta la señora que a ella le gustan mucho los museos de modo que pronto empiezo a explicarle todo lo que puede encontrar en el entorno del paseo de El Prado. Las caras de las muchachitas se iban convirtiendo en un poema cuando les explicaba las bondades de las pinacotecas madrileñas. Mientras, su cabreo era mi hilaridad, I confess. El entusiasmo de su tutora solo era comparable al odio que las mocitas sentían hacia ese momento en el que tuvieron la inmensa desdicha en abordar a uno de los pocos taxistas que hablan algo de inglés in this city. Tenía un control absoluto sobre la situación, si quería enfadar, podía hacerlo y de un modo más fácil, rápido y limpio que de costumbre y no podía dejar pasar esa oportunidad. El Thyssen is another museum. Resoplidos de fondo… Bla bla bla. Relax.
And finally (gracias, colegui, por el Vaughan) over there is the Reina Sofía Art Gallery. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que el buen nombre de mi madre estaba siendo vilmente mancillado por la mente de tres americanas. Pero no americanas de chaquetas, americanas de mujeres persona, que conste. En ese momento, y con el único ánimo de dejar en buen lugar al caballero español y dejando patente que estamos en un país de toreros, opté por la larga cambiada y comencé a abandonar mi discurso sustituyéndolo por el de las posibilidades lúdicas que ofrecía Madrid. Intervino entonces la teniente Oneal, para comentar que tenía mucho interés en el chocolate. With churros, apostillé yo, asegurándome de que ningún autóctono estuviera escuchando tan ridícula expresión. Luego empecé a darles lo que sabía que les iba a gustar, hablarles de las discotecas de moda, de dónde podían ir, de las mejores tiendas y esas cositas, la verdad es que no estoy seguro de que todo lo que dije fuera cierto, eso sí, os aseguro que cuando menos, era creíble, que como todos sabemos, esta es, o debe ser, una de las cualidades de la verdad. He dicho.
Llegamos al final de nuestro trayecto, paramos los tres taxis uno detrás de otro y las monitoras y todas las niñas se reúnen, salvo mis niñas que vuelven a mi me preguntan como me llamo y me siguen preguntando algunas cosas de la ciudad. No entiendo la mitad de lo que me dice, pero una de ellas, me pregunta mi nombre. Yo le respondo la verdad y me da dos besos. Sus amigas la observan pero no se atreven… Si no fuera porque estábamos en el centro del Madrid más castizo parecería esto una serie americana para adolescentes de Sábado por la mañana en la que unas niñas de viaje a Europa se enamoran de un joven (cada día menos) y se despiden para no volver a verlo jamás, luego vulven a su país y escriben poesías y hacen locuras y beben PEPSI y para ser populares van a centros de planificación familiar mientras lo cuentan a sus amigas al tiempo que están sentadas en cafeterías de no fumadores con asientos semicirculares de scay bebiendo un batido con pajita.
Amadísimos lectores, me voy. Esto ha sido todo por esta semana. Ya os contaré el desenlace de lo del móvil. Besos y Feliz Pascua.
A la joven zamorana le ha encantado su blog , y que sepa que tiene a una fiel lectora. un saludo¡
ResponderEliminarHe tenido un pequeño problem con la cuenta de correo de hotmail ... cualquier cosilla es la misma direccion pero de gmail .. Un besote
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