¡Cómo molan las niñas de hoy en día y qué bien pronuncian las jotas en determinados barrios! Y qué grado de igualdad han ido consiguiendo las mozas que son capaces de confundirse con varones en sus formas, en sus expresiones y en su capacidad de pegar golpes y perdonar la vida. Pedazo de móvil en una oreja y en la otra pendiente de enorme aro. Irra, La Lore es la polla, ejque no se puede ir así por la vida tío, tuvimos una movida y acabamos en comisaría poniendo una denuncia ¿saes? La progresía debe estar orgullosa de lo bien que han conseguido transmitir el mensaje de la liberación de la mujer.
Finalizo, 9 euros de servicio; me entrega un billete de 10 pavos, devuelvo 1 y accedo a hacer la factura por diez. Estaba la cosa como para entrar en polémicas con una clienta aguerrida.
Decido ir a la parada y espero casi cuarenta minutos mientras me como dos mitades de un bocadillo de tortilla. Son dos mitades porque el camarero insistía en que no cabía en el papel Albal y lo partió en dos. El bocadillo hubiera entrado si en vez de ponerlo a lo ancho lo hubiera puesto a lo largo, pero yo no quise abundar en esa llaga aunque confieso que cuando observaba la escena y el comentario con su compañero no salía de mi asombro, mientras mentalmente le arengaba y le decía no lo atravieses, ponlo a lo largo, pero no hubo manera. También una Coca Cola. Cinco euros, que en el idioma taxista es casi un suplemento de aeropuerto.
Una mujer de pelo cano aborda mi taxi y me va indicando el camino hasta una floristería en la que me pide que espere mientras compra unas flores. Así lo hago.
Vuelve con un bonito ramo de veinte rosas por el que me dice que le habían soplado cien euros. Apostillo que las flores se veían de buena calidad.
Son para mi hija. Continúe por aquí que vamos al cementerio.
Es en ese momento en el que te das cuenta de que no sabes qué decir y el silencio te parece violento. Prosiguió ella. Me la mataron hace un año.
Lo siento (qué gilipollas eres chaval, eso mismo lo podía haber dicho cualquier quinceañera enamorada de Ricky Marin y vas y lo sueltas tú, que vas de listo por la vida). Vuelve el silencio y me siento muy incómodo. Es una conversación que no puedo hilar como me hubiera gustado. ¿Un accidente? Valiente pregunta más tonta, pero la confianza en mi mismo se había ido con algún otro.
No, me la mató un vecino justo en ese descampado. Salían a pasear al perro juntos, a veces. No eran pareja ni nada de eso, no te vayas a pensar, pero un día salió con un cuchillo y me la mató en ese descampado de ahí. Miro a la izquierda instintivamente.
No sé qué decir señora…
Ella prosigue sin oír que el torpe taxista estaba soltando algunas de las frases hechas a las que ella estaba suficientemente vacunada, con certeza.
Era mi hija única, no tenía más que esta. La culpa es mía por dejarle tener perros, si no le hubiera dejado tener perros esto no hubiera pasado y seguramente estaría viva…
Y yo le dije lo único sensato que se me ocurrió durante todo el viaje, que una cosa no tenía nada que ver con lo otro y que era frecuente que ante las desgracias todo el mundo se echara la culpa a sí mismo aunque tal cosa no fuera real. Me regaló una leve sonrisa de un instante y volvió el silencio. He perdido todos los dientes. Me rindo, silencio.
Entre por aquí y aquí me deja. Fin de la carrera.
Cuídese señora.
Gracias, hijo.
Esta es la grandeza y la miseria de esta profesión. Tened cuidado con la gripe de moda.
Finalizo, 9 euros de servicio; me entrega un billete de 10 pavos, devuelvo 1 y accedo a hacer la factura por diez. Estaba la cosa como para entrar en polémicas con una clienta aguerrida.
Decido ir a la parada y espero casi cuarenta minutos mientras me como dos mitades de un bocadillo de tortilla. Son dos mitades porque el camarero insistía en que no cabía en el papel Albal y lo partió en dos. El bocadillo hubiera entrado si en vez de ponerlo a lo ancho lo hubiera puesto a lo largo, pero yo no quise abundar en esa llaga aunque confieso que cuando observaba la escena y el comentario con su compañero no salía de mi asombro, mientras mentalmente le arengaba y le decía no lo atravieses, ponlo a lo largo, pero no hubo manera. También una Coca Cola. Cinco euros, que en el idioma taxista es casi un suplemento de aeropuerto.
Una mujer de pelo cano aborda mi taxi y me va indicando el camino hasta una floristería en la que me pide que espere mientras compra unas flores. Así lo hago.
Vuelve con un bonito ramo de veinte rosas por el que me dice que le habían soplado cien euros. Apostillo que las flores se veían de buena calidad.
Son para mi hija. Continúe por aquí que vamos al cementerio.
Es en ese momento en el que te das cuenta de que no sabes qué decir y el silencio te parece violento. Prosiguió ella. Me la mataron hace un año.
Lo siento (qué gilipollas eres chaval, eso mismo lo podía haber dicho cualquier quinceañera enamorada de Ricky Marin y vas y lo sueltas tú, que vas de listo por la vida). Vuelve el silencio y me siento muy incómodo. Es una conversación que no puedo hilar como me hubiera gustado. ¿Un accidente? Valiente pregunta más tonta, pero la confianza en mi mismo se había ido con algún otro.
No, me la mató un vecino justo en ese descampado. Salían a pasear al perro juntos, a veces. No eran pareja ni nada de eso, no te vayas a pensar, pero un día salió con un cuchillo y me la mató en ese descampado de ahí. Miro a la izquierda instintivamente.
No sé qué decir señora…
Ella prosigue sin oír que el torpe taxista estaba soltando algunas de las frases hechas a las que ella estaba suficientemente vacunada, con certeza.
Era mi hija única, no tenía más que esta. La culpa es mía por dejarle tener perros, si no le hubiera dejado tener perros esto no hubiera pasado y seguramente estaría viva…
Y yo le dije lo único sensato que se me ocurrió durante todo el viaje, que una cosa no tenía nada que ver con lo otro y que era frecuente que ante las desgracias todo el mundo se echara la culpa a sí mismo aunque tal cosa no fuera real. Me regaló una leve sonrisa de un instante y volvió el silencio. He perdido todos los dientes. Me rindo, silencio.
Entre por aquí y aquí me deja. Fin de la carrera.
Cuídese señora.
Gracias, hijo.
Esta es la grandeza y la miseria de esta profesión. Tened cuidado con la gripe de moda.
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